La vida deportiva: algunas consideraciones

Diego Ruiz, 8a a los 16 y aun todo por hacer
 Siempre recuerdo con una sonrisa tonta en la cara una de las conversaciones que tuve hace tiempo con un buen amigo en una de las comidas que instauramos hacer por costumbre una vez al año para ponernos al día y desconectar cada uno de lo suyo durante unas horas...; nos interesamos por la vida del otro durante un rato e, inevitablemente, en mi caso siempre hay algunas cuestiones dirigidas hacia los entrenos y la escalada, pues son parte importante de mi vida...
La sonrisa tonta es por el recuerdo de su progresiva expresión de sorpresa ante las explicaciones que le daba a alguna de sus preguntas (“y ahora ¿qué? ¿qué vas a intentar? ¿podrás mejorar aun más?”)…; boca entre abierta, ojos a punto de salirse de las órbitas, trago de vino de la casa con gaesosa y, la reacción: “pero tio!!! cómo puedes estar pensando en lo que harás de aquí a 10 años!!!”.
La sorpresa es normal porque no es muy habitual, fuera del ámbito del deporte de alto nivel (siempre planificado), el plantearse en función del momento en que se empezó a practicar, de las cualidades personales a potenciar y de las debilidades a trabajar para mejorar, además del tiempo que se prevé dedicar a todo esto, “dónde se estará” y “cómo” se progresará (o sea, a través de qué medios y metodologías) al cabo de todo ese tiempo, es decir, al cabo de 5, 10 o 15 años desde el momento actual. Y eso, resumiéndolo mucho, es el planteamiento de la vida deportiva.
Kike Mur en Fuente de energía, 8b a los 44
y todavía mucho que decir (por Jorge Bellido)
Esta visión tan a largo plazo o en perspectiva tiene una doble ventaja
  • Por un lado, plantear desde el principio la mejor progresión posible (que será aquella que permita ir subiendo escaloncitos cortos pero constantes en el rendimiento personal, esto es, plateando el entrenamiento más eficaz posible, que será siempre el mínimo que produzca una mejora; esto se traduce en una selección de medios, métodos y caracteres de esfuerzo  que produzcan esa progresión en el presente y, a su vez, permitan una mejora en el medio y el largo plazo (o lo que es lo mismo: hay que guardarse un “as” bajo la manga para, llegado un momento de estancamiento propiciado por el agotamiento del potencial de adaptación de un método o medio, “sacarlo” y “usarlo” para poder seguir progresando). En la práctica, se trataría de trabajar con caracteres de esfuerzo de altos a más bajos, con predominio (que no exclusividad) de intensidades bajas a predominio de intensidades altas, con predominio de medios específicos (con trabajo técnico-táctico y psicológico integrado) a predominio de medios dirigidos (aislando el componente físico de los demás) para la mejora de las cualidades físicas, etc.
  • Por otro lado, permite comprender desde el principio la “caducidad” en la progresión o, al menos, en la evolución física (que no deportiva), es decir, entender que no se va a poder mejorar indefinidamente (o al menos nunca al ritmo de los inicios) y que, además, habrá que potenciar y trabajar en momentos concretos y de la forma adecuada, cada cualidad limitante del rendimiento para sacarle verdadero partido, sabiendo que el desarrollo de las mismas tiene (o tuvo, para la gran mayoría) un momento en el que su correcta estimulación (llamada fase sensible madurativa) hubiese propiciado unas adaptaciones que nos habrían hecho alcanzar un nivel superior en las mismas (o dicho de otro modo, que por mucho que uno se empeñe, no mejorará su fuerza de agarre a los 35 igual que lo hubiese hecho a los 15…). 

De hecho, se tenga o no en cuenta este proceso que concurre en la vida deportiva de todo escalador, es algo que ocurre en todos los casos, y se ve reflejado en uno de los principios del entrenamiento conocido como “de los retornos en disminución”: Este principio hace referencia a la evolución “normal” del rendimiento deportivo a lo largo de la vida de un deportista (siempre muy vinculado a los factores de mejora física), en la que se producen grandes avances en los primeros años, para llegar a una posterior fase de meseta conforme se acerca a su máximo rendimiento potencial. Esta fase es la más larga de todas, y va acompañada de momentos de aparente estancamiento, pequeños saltos “bruscos” del rendimiento y fases de posibles retrocesos. Alcanzar ese último porcentaje de mejora que supone el límite personal genético supone una cantidad ingente de tiempo, motivación y esfuerzo. No obstante, lo bueno de la escalada es que la mejora en el rendimiento depende en mayor medida de factores técnicos y mentales que si se toman en consideración los factores físicos de forma aislada (1), por lo que, llegado un punto en el que la evolución física se “desacelera”, se debe trabajar-entrenar para mantenerla lo mejor posible (o para frenar al máximo la desaceleración), al tiempo que se sigue mejorando en las otras parcelas del rendimiento que pueden hacernos todavía mejores aun con el paso de los años.


Bibliografía
(1) Magiera A, Roczniok R, Maszczyk A, Czuba M, Kantyka J, Kurek P. The structure of performance of a sport rock climber. J Hum Kinet 2013 Mar 28;36:107-117.